El 2 de octubre, la herida que no cierra

2 de octubre: La herida que nunca cierra

Por Martín García | Reportero

Como cada año, el 2 de octubre en México se tiñe de luto para conmemorar a los estudiantes que fueron brutalmente reprimidos por el ejército en 1968. Aquella noche en la Plaza de las Tres Culturas, cientos de jóvenes que se atrevieron a alzar la voz fueron silenciados de manera violenta. A 56 años de esa tragedia, la justicia aún parece inalcanzable, mientras la memoria colectiva se une para honrar a quienes lucharon por un bien común.

Pocos recuerdan que, antes de la masacre de Tlatelolco, las tensiones entre estudiantes y autoridades ya se venían gestando. Un partido de futbol americano entre alumnos de las vocacionales 2 y 5 del IPN y la escuela Isaac Ochoterena, incorporada a la UNAM, fue el catalizador del conflicto. El 22 de julio de 1968, lo que parecía ser un simple juego se tornó en una pelea masiva que tuvo que ser controlada por la policía.

Un día después, el 23 de julio, los alumnos de las vocacionales tomaron represalias y apedrearon la escuela Isaac Ochoterena, provocando una reacción inmediata de los estudiantes de esa institución. La policía, al intentar detener la riña, respondió de manera más violenta, golpeando a decenas de jóvenes, lo que encendió la chispa del descontento estudiantil.

Brutalidad policial

Los relatos de testigos de aquellos días describen cómo los policías actuaron con extrema violencia. Los uniformados golpeaban sin piedad a los estudiantes y detenían a quienes se resistían. Según algunos testimonios, los agentes recibían 10 pesos por cada estudiante arrestado. Este abuso de autoridad no hizo más que aumentar el enojo y la indignación de la comunidad estudiantil.

El incidente se convirtió en el punto de partida para que los estudiantes de la UNAM, IPN y otras instituciones formaran un frente común contra la represión. Fue así como, en respuesta a la violencia desmedida, comenzó a gestarse el Movimiento Estudiantil de 1968.

Lo que comenzó como un enfrentamiento entre estudiantes y policías pronto se transformó en un movimiento nacional que exigía justicia, libertad y derechos para los jóvenes. La represión inicial no hizo más que alimentar la lucha de miles de estudiantes que salieron a las calles en defensa de su autonomía y contra la violencia del Estado.

El origen de un movimiento

La solidaridad entre universidades y escuelas superiores creció, y cada vez más jóvenes se unían a las marchas, llevando consigo un mensaje de resistencia pacífica. Sin embargo, la creciente popularidad del movimiento y el temor del gobierno a perder el control del país hicieron que la represión fuera inevitable.

El clímax de la tragedia ocurrió la noche del 2 de octubre de 1968, cuando el ejército y las fuerzas del gobierno atacaron a los estudiantes reunidos en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Decenas, quizá cientos, de jóvenes fueron asesinados, mientras el gobierno, encabezado por Gustavo Díaz Ordaz, intentaba minimizar la magnitud de los hechos.

A pesar de los intentos por encubrir la masacre, la verdad comenzó a salir a la luz con el paso de los años. Los testimonios de supervivientes y los documentos desclasificados revelaron la brutalidad con la que el gobierno había actuado contra sus propios ciudadanos.

Deuda pendiente

Han pasado más de cinco décadas desde aquel trágico día, y aunque la historia ha reconocido la masacre como uno de los episodios más oscuros de México, la justicia para las víctimas sigue siendo una deuda pendiente. Hasta el día de hoy, no ha habido responsables directos que enfrenten las consecuencias de sus actos.

Los nombres de los caídos siguen presentes en la memoria de México, y cada 2 de octubre se repite el mismo grito en las calles: “¡No se olvida!”. Es un recordatorio constante de la impunidad que sigue acompañando al caso y de la necesidad de una verdadera reparación para las familias de los estudiantes.

El Movimiento Estudiantil de 1968 dejó un legado que va más allá de la tragedia de Tlatelolco. Los ideales de justicia, libertad y democracia que impulsaron a los jóvenes de esa época siguen siendo una fuente de inspiración para las nuevas generaciones que hoy enfrentan otros desafíos. –sn–