Columna Sociedad | Un mundo arrodillado al ego

Un mundo arrodillado al ego: el primer año del regreso de Donald J. Trump a la Casa Blanca.

Por José Víctor Rodríguez Nájera  

Ha transcurrido un año desde que Donald J. Trump regresó a la Casa Blanca y el balance ya pesa como una losa histórica. Doce meses bastaron para reinstalar una lógica de poder que confunde gobierno con venganza, diplomacia con chantaje y liderazgo con exhibicionismo. Lo inquietante no es lo vivido, sino la certeza de que restan tres años más.

Trump no volvió para administrar el Estado. Volvió para cobrar. Cobrar agravios, lealtades forzadas y silencios cómplices. Enfrentó procesos judiciales, pero halló refugio en las urnas. La democracia, una vez más, operó como escudo de impunidad. Desde entonces, el mensaje global se volvió nítido, con Trump no se dialoga, se le halaga; no se confronta, se le concede.

El mundo entendió rápido la fórmula. En América Latina, la sumisión tomó formas explícitas. María Corina Machado llegó a ofrecerle una medalla simbólica asociada al Nobel de la Paz, gesto que buscó absolverlo en el altar del ego. En México, el pragmatismo adoptó forma de tributo, 37 criminales de alto impacto enviados a cortes estadounidenses, justo en el aniversario de su retorno. La coincidencia resulta demasiado precisa.

Donald Trump, ante la Asamblea General de la ONU | EFE/Sarah Yenesel
Donald Trump, ante la Asamblea General de la ONU | EFE/Sarah Yenesel

En el tablero internacional, Trump reinstaló la política del garrote. Tensó la relación con Europa al reactivar su obsesión por Groenlandia y tratar a Dinamarca y a la Organización del Tratado del Atlántico Norte como piezas prescindibles. Filtraciones de mensajes con líderes europeos confirmaron el método: presión, desprecio y transacción. La alianza atlántica, pilar del orden occidental por décadas, hoy opera bajo desgaste permanente.

En materia económica, los aranceles volvieron como arma política. No hay distinción entre aliados y adversarios. El comercio exterior quedó reducido a una lógica binaria: alineación o castigo. Las cadenas productivas se reacomodan y la certidumbre global se erosiona.

En América Latina, el precedente es aún más delicado. La extracción de Nicolás Maduro, celebrada por algunos sectores, abrió la puerta a una intervención sin disimulo. El mensaje trasciende a Venezuela, Washington actúa cuando quiere y donde quiere. No busca estabilidad, busca obediencia.

Nicolás Maduro (d), y Cilia Flores (i) | EFE/Stringer
Nicolás Maduro (d), y Cilia Flores (i) | EFE/Stringer

En territorio estadounidense, la dureza tampoco se oculta. Redadas masivas, detenciones arbitrarias y migrantes convertidos en trofeo político. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas funge como instrumento narrativo del enemigo interno.

Todo esto ocurre bajo la cercanía abierta con figuras autoritarias como Vladimir Putin o Benjamín Netanyahu. Comparten idioma político: poder sin ética, fuerza sin límites y consecuencias diluidas.
Un año después, el mundo no es más seguro ni más justo. Está más cansado. Este primer tramo se siente como una era completa. Y la amenaza real no reside en lo que Trump ya hizo, sino en la normalización de un orden donde la política global se arrodilla ante el ego.

* Periodista mexicano | @JoseVictor_Rdz | Premio Nacional de Derechos Humanos 2017

Texto publicado de manera original en el diario ContraRéplica

¡Conéctate con Sociedad Noticias! Suscríbete a nuestro canal de YouTube y activa las notificaciones, o bien, síguenos en las redes sociales: FacebookTwitter e Instagram.

También, te invitamos a que te sumes a nuestro canal de información en tiempo real a través de Telegram.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.