El invierno no perdona los errores de proyecto. Cuando bajan las temperaturas y el viento se vuelve incómodo, una vivienda deja de ser una imagen para convertirse en un espacio vivido.
Por Deyanira Vázquez | Reportera
Una casa que funciona en invierno prioriza la orientación sur o sureste para las estancias principales, permitiendo que el sol bajo de los meses fríos entre en profundidad y caliente de forma natural los espacios. Dormitorios y zonas de uso secundario se sitúan en orientaciones menos favorables, reduciendo pérdidas térmicas donde menos se habita.
Las viviendas excesivamente fragmentadas o con demasiados retranqueos pierden energía. Una geometría compacta, bien proporcionada, reduce la superficie expuesta al frío y al viento, mejorando el comportamiento térmico global sin necesidad de soluciones artificiales añadidas.
El invierno exige materiales que trabajen a favor del confort: piedra natural, hormigón bien ejecutado, cerámica o madera maciza aportan masa térmica, estabilidad y durabilidad. No se trata solo de aislar, sino de que los materiales acumulen y liberen calor de forma gradual. –sn–

