Lo que revela el pleito entre el inquilino de la Casa Blanca y la empresa Anthropic. Choque entre Trump y Anthropic reabre debate por vigilancia con IA.
Por Jorge Santa Cruz
Están muy equivocados quienes ven en el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, a un valiente defensor de la libertad. Su reciente conflicto con la empresa Anthropic lo exhibe como lo que es: un gobernante que desea utilizar la inteligencia artificial para vigilar de manera masiva a la población de su país y para contar con armas totalmente autónomas.
Anthropic rechazó esa exigencia del Departamento de Guerra, y Trump la eliminó —al menos temporalmente— de las listas de proveedores del gobierno de los Estados Unidos. Así, sin más.
Anthropic ha resistido. Su director ejecutivo, Dario Amodei, escribió el pasado 5 de marzo que la empresa está orgullosa del trabajo que ha realizado con el Departamento de Guerra “apoyando a los combatientes en el frente con aplicaciones como el análisis de inteligencia, modelado y simulación, planificación operativa, ciberoperaciones y más”.
Pero Amodei hizo enseguida una importante aclaración:
… no creemos, y nunca hemos creído, que el papel de Anthropic o de cualquier empresa privada sea participar en la toma de decisiones operativas; ese es el papel de los militares. Nuestras únicas preocupaciones han sido nuestras excepciones sobre armas totalmente autónomas y la vigilancia doméstica masiva, que se refieren a áreas de uso de alto nivel y no a la toma de decisiones operativas.
Es bueno señalar que Anthropic no está sola. Entre sus principales inversionistas figuran Amazon y Google. Al buen entendedor…
El tema, sin embargo, es que Trump pretende utilizar la inteligencia artificial para la vigilancia doméstica masiva sin restricción legal alguna. En un escenario así, disentir de Trump sería en extremo peligroso.
Trump pretende emular —aunque lo niegue— a los dictadores de Rusia, Vladimir Putin, y de China, Xi Jinping..
Como es sabido, el gobierno comunista chino cuenta con un sistema de “Crédito Social”, el cual le permite castigar a cualquier persona que lo desobedezca.
En China funciona un complejo modelo de vigilancia que combina las imágenes captadas en tiempo real por sus cámaras de video con los datos biométricos vinculados a dispositivos móviles y a operaciones financieras. (Cualquier semejanza con lo que ya se aplica en México no es mera coincidencia; es una realidad).
El régimen comunista chino cuenta además con una estructura de control ideológico que interpreta la confiabilidad política de las personas a partir de su comportamiento digital (críticas al estado, compras, interacciones, viajes, etc.).
En Rusia, el control es parecido. En ese país euroasiático, las cámaras de vigilancia están conectadas —como en China— a un sistema de reconocimiento facial.
Además, el Servicio Federal de Seguridad vigila a los ciudadanos por medio de aplicaciones precargadas a todos los dispositivos móviles. Nadie se escapa de la mirada intrusiva de la policía política rusa.
Por si fuera poco, Rusia cuenta con un conjunto de programas cibernéticos que le permite censurar contenidos de internet extranjeros en cualquier momento.
De todo lo anterior, podemos concluir que el Trump que se opone al aborto es el mismo que apoya el genocidio en Gaza y que quiere utilizar la inteligencia artificial para vigilar masivamente a la población de Estados Unidos. Es un político contradictorio y pragmático.
En la siguiente entrega me referiré a los riesgos de dotar a los ejércitos del mundo (no solo al de Estados Unidos) de sistemas de máquinas autónomas letales (LAWS) por sus siglas en inglés.
* Periodista y académico universitario | @JorgeSantaCruz1
Columna anterior: Pactada, la caída de Maduro
(El presente artículo se publicó de manera original en Sin Compromisos).


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