Daniel Almazán

Opinión | Daniel Almazán | Racismo y negocio: la otra cara del Mundial

El fútbol nació en las calles, en los barrios, en las plazas donde bastaba una pelota para reunir a cientos de personas sin importar su origen, religión o condición económica…

Por Daniel Almazán Jiménez*                            

(…) por ello resulta profundamente contradictorio que el Mundial 2026, la máxima fiesta del deporte más popular del planeta, se esté desarrollando bajo un ambiente marcado por la discriminación, la segregación y el endurecimiento de políticas migratorias que contradicen por completo los valores que históricamente ha intentado promover el propio fútbol.

No es casualidad que analistas internacionales hayan comenzado a referirse a esta edición como el “Mundial de Trump”, pues la política migratoria impulsada por el gobierno estadounidense ha terminado por convertir lo que debería ser una celebración global en un escaparate de exclusión y sospecha permanente hacia determinadas nacionalidades, particularmente aquellas provenientes de África, Medio Oriente y países considerados incómodos para los intereses geopolíticos de Washington.

Mundial. balon y banderas
Mundial. balon y banderas

Los ejemplos son numerosos y preocupantes: la deportación del árbitro somalí Omar Artan, considerado uno de los mejores del continente africano, provocó indignación en distintos sectores del mundo deportivo; a ello se suman los controles excesivos y humillantes aplicados a integrantes de diversas selecciones africanas, la retención durante horas de jugadores y representantes de países árabes, así como las dificultades impuestas a miles de aficionados que simplemente desean acompañar a sus equipos nacionales en la máxima competencia futbolística. Particularmente ilustrativo resulta el caso de Irán, las tensiones políticas entre Washington y Teherán han llegado al extremo de obligar a la selección iraní a establecer su concentración fuera del territorio estadounidense, en Tijuana concretamente, trasladándose únicamente para disputar sus encuentros, es decir, incluso el fútbol, que históricamente ha servido como puente entre pueblos enfrentados, ha terminado subordinado a las disputas políticas de una potencia que pretende controlar quién entra, quién permanece y quién puede disfrutar de una Copa del Mundo.

Todo ello ocurre mientras la FIFA guarda un silencio cada vez más incómodo, pues durante años el organismo rector del fútbol mundial impulsó campañas bajo consignas como “No al Racismo” y “El fútbol une al mundo”, sin embargo, cuando las restricciones migratorias y los actos discriminatorios provienen de uno de los países anfitriones más poderosos del planeta, aunque hoy esa condición ya no es incuestionable y algunos analistas sostienen que Rusia ha logrado superarlo en diversos ámbitos estratégicos, mientras China disputa abiertamente el liderazgo económico mundial, esas consignas parecen desaparecer convenientemente, la institución que suele exigir neutralidad a los jugadores parece incapaz de exigir respeto a los principios básicos de igualdad y no discriminación.

La contradicción alcanza niveles aún más evidentes cuando observamos el perfil de algunas de las principales figuras del torneo, futbolistas como Kylian Mbappé o Lamine Yamal representan precisamente aquello que la narrativa ultranacionalista y antiinmigrante intenta descalificar, son hijos o descendientes de migrantes que encontraron en sociedades diversas la oportunidad de desarrollarse y convertirse en referentes mundiales. Resulta paradójico que mientras algunas corrientes políticas buscan presentar a los migrantes como una amenaza, sean precisamente los hijos de esas comunidades quienes protagonizan los mayores espectáculos deportivos del planeta, el fútbol moderno sería inconcebible sin la aportación de millones de personas que, en algún momento de su historia familiar, cruzaron fronteras en busca de mejores oportunidades.

A ello debe añadirse otro elemento que contradice la esencia popular de este deporte: los costos exorbitantes para asistir a los partidos, mientras los discursos oficiales hablan de inclusión y celebración global, la realidad es que millones de aficionados simplemente han quedado excluidos por los precios de los boletos, basta recordar otros mundiales para comprender el contraste, en México 70 un aficionado pudo ver a Pelé levantar su última Copa del Mundo y en 1986 miles presenciaron en el Estadio Azteca la consagración de Maradona con la “mano de Dios” y el gol del siglo, experiencias que aún con sus limitaciones mantenían la premisa de que la Copa del Mundo pertenecía a la gente, hoy, en cambio, parece diseñada para maximizar ganancias económicas con boletos de hasta 300 mil pesos, mientras se endurecen controles migratorios, se incrementa la vigilancia y se limita la participación de sectores enteros de la población mundial.

Trofeo de la Copa del Mundo durante el sorteo de la repesca para el Mundial 2026 en Zurich el pasado día 20 de noviembre. EFE/EPA/CLAUDIO THOMA
Trofeo de la Copa del Mundo durante el sorteo de la repesca para el Mundial 2026 en Zurich el pasado día 20 de noviembre. EFE/EPA/CLAUDIO THOMA

Por supuesto, ningún país puede renunciar a sus responsabilidades en materia de seguridad, sin embargo, existe una diferencia enorme entre garantizar la seguridad de un evento y convertirlo en un laboratorio de políticas de exclusión, cuando las revisiones, las restricciones y las sospechas se concentran sistemáticamente sobre determinadas nacionalidades, religiones o regiones del mundo, la línea entre la seguridad y la discriminación se vuelve peligrosamente delgada.

En definitiva, el Mundial 2026 exhibe una contradicción profunda: mientras el fútbol es un lenguaje universal capaz de unir a la humanidad, las políticas impulsadas desde uno de los países anfitriones parecen empeñadas en dividirla, y quizá esa sea la imagen más preocupante de esta Copa del Mundo, una fiesta global organizada bajo la sombra de la segregación, donde el negocio parece importar más que las personas y donde los valores que hicieron grande al fútbol terminan subordinados a los intereses políticos.

Periodista | Twitter: @Daniel1Almazan  



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