Estamos en el periodo de clausura del ciclo escolar y de graduaciones de miles de niños y jóvenes en diferentes instituciones de nivel básico, medio superior y superior.
Por Guadalupe Orona Urías*
Da gusto ver los rostros sonrientes y felices de los graduandos y los de sus padres, y confirmar la inteligencia y toda la simiente fértil que existe en nuestra niñez y juventud; su futuro debe ser parte de nuestra preocupación.
Y realmente nos debe preocupar a todos o, al menos la mayoría de este país, a quienes los vaivenes de la vida, la política oficial y las desmesuradas ansias de ganancia de los dueños del gran capital amenazan su futuro y bienestar.
Decía en colaboración anterior que el “Estado del bienestar” ha terminado en nuestro país y en casi todos aquellos del régimen capitalista; que el imperio encabezado por los Estados Unidos viene sometiendo descaradamente a la mayoría de los gobernantes del mundo, aun a aquellos que se hacen llamar de “izquierda” y, a quienes no se someten “por la buena” o traicionando a sus pueblos deliberadamente, los obligan a través de las armas, como lo demuestran más de 500 guerras promovidas o intervenciones por los Estados Unidos en los últimos 250 años. Su objetivo: apoderarse del mundo y de sus riquezas y apropiarse de todos los recursos económicos de los pueblos a través de la subordinación a sus políticas financieras dictadas por el FMI (Fondo Monetario Internacional), entre las cuales se encuentra la reducción drástica en gasto social: servicios básicos, salud, vivienda y educación.
Así se explican, entre otras razones, consecuencias de la causa madre, los graves niveles de pobreza en México y del gran rezago educativo. Así se revela por qué a la educación solamente se destina un 3% del PIB, cuando mínimamente debería ser del 6%; la razón de que en el nivel bachillerato la deserción sea del 40%, es decir, que sólo seis de cada 10 muchachos que ingresan logren concluirlo y, de estos, solamente 2.4 en promedio continúen estudiando; y como resultado, apenas 22% de la población adulta llegue a la licenciatura, de acuerdo con cifras de la OCDE.
En reciente encuentro de rectores de Universia, se dieron cifras alarmantes en el nivel licenciatura: “Tres de cada 10 alumnos de nuevo ingreso a licenciatura en el país, tanto en instituciones públicas como privadas, abandonan sus estudios en el primer año […] y sólo 4.4 por ciento de los jóvenes más pobres logran cursar una carrera universitaria, lo que demuestra que el acceso a la educación superior aún es excluyente”. Sin instituciones educativas, sin jóvenes en las aulas, se evita una verdadera transformación social.

Y esa transformación social que debería estar impulsada por los jóvenes, se inhibe por todos los mecanismos y acciones de las que puede echar mano la clase gobernante, sus testaferros y su aparato burocrático, administrativo, judicial y de mediatización. Los jóvenes, como parte de la sociedad, también se encuentran sometidos a un aparato que comprende la producción, la distribución y el consumo; un aparato que determina su existencia diaria, sus necesidades y sus aspiraciones. Son víctimas también del sistema explotador, de la violencia, de la enajenación, del permanente lavado de cerebro al que son sometidos a través de los diversos medios de comunicación; de las drogas, del alcohol y a hasta de las diferentes formas de diversión y de música.
Además de los insuficientes recursos invertidos en la educación por parte del Estado mexicano, otra gran insuficiencia es la calidad educativa, empeorada con las nuevas políticas, pues ahora menos se enseña, menos se educa. Pero esto, tampoco es novedad, está acorde con lo señalado anteriormente, pues cierto tipo de educación debe corresponder necesariamente a determinada base económica, a cierto tipo de sociedad e interés.
Se requiere una verdadera transformación en la educación para enseñar a pensar al estudiante, para generarle conciencia social y ansias de libertad, pero ello prácticamente no está permitido, pues una educación crítica y progresista entra en conflicto con los poderes, públicos y privados. La contradicción es una contradicción real: “la sociedad existente puede ofrecer la posibilidad de una educación para una sociedad mejor [pero], una educación así sería una amenaza para la sociedad existente”. Un cambio cualitativo, de calidad, en la educación, traería consecuentemente un cambio social cualitativo.
Cierto filosofo nos recuerda que Kant planteó como objetivo de la educación que “los niños fueran educados no de acuerdo con el presente, sino de acuerdo con una condición futura, mejor de la especie humana, de acuerdo con la idea de humanitas”. Es decir, del hombre verdadero, humano, del que cultiva los principios de respeto, solidaridad y empatía con su prójimo, del hombre en permanente desarrollo y en constante aprendizaje. Pero también nos señala que dicho objetivo “implica todavía la subversión de la actual condición del hombre”.

Finalmente, sólo para precisar, cuando hablamos de las guerras o intervenciones imperialistas de los Estados Unidos a lo largo historia, sí, “Desde su independencia, Estados Unidos ha lanzado más de 500 intervenciones en el extranjero: un 60% del total en esos 250 años ha tenido lugar desde 1950,según un cálculo del Centro Fletcher de Estudios Estratégicos de la Universidad Tufts. Y se dispararon al final de la Guerra Fría, pese a las grandilocuentes tesis de entonces sobre el final de la Historia y la supuesta llegada de una benévola Pax Americana: un tercio del total de operaciones ha ocurrido desde 1999. La mayoría del total, en América Latina, aunque desde la era de la Guerra Fría los escenarios en Asia u Oriente Próximo se han ido haciendo más frecuentes” (El País, 2 de julio de 2026).
No se ha tratado de incidentes aislados o de una política guerrerista de tal o cual presidente ¡no! Ha sido una estrategia sistemática para apoderarse del mundo y sus riquezas: proteger los intereses económicos, asegurar rutas comerciales estratégicas, apropiarse de recursos naturales con la simulación de combatir el terrorismo o el narcotráfico o defender los derechos humanos o la democracia. Ahora el imperialismo enfrenta una competencia global cada vez mayor, incertidumbre económica y sobre su futuro papel en el mundo, y son precisamente la competencia y la incertidumbre lo que hoy vuelve más agresivo y mortífero al imperio.
Columna anterior: «Viviendas para el bienestar»
*Dirigente del Movimiento Antorchista en Hidalgo


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