La desaparición de una persona puede generar una pérdida ambigua: un duelo sin certeza que afecta la salud emocional, la economía y la dinámica familiar, explica especialista de la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Por José Víctor Rodríguez | Reportero
La desaparición de un familiar puede provocar un proceso de duelo sin cierre, marcado por la incertidumbre, la esperanza y el temor ante la imposibilidad de confirmar si la persona está viva o murió, explicó Ana Patricia González Rodríguez, directora del Colegio de Psicología de la Universidad del Claustro de Sor Juana (UCSJ).
Este fenómeno, conocido como pérdida ambigua, puede mantener a las familias en un estado prolongado de alerta y dificultar la reorganización de la vida cotidiana. La especialista señaló que conservar las pertenencias de la persona desaparecida, mantener activo su teléfono o reservarle un lugar en la mesa no necesariamente constituye una negación patológica, sino una forma de mantener el vínculo mientras no existe certeza.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) conmemora cada 30 de agosto el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. En 2026, la fecha adquiere además relevancia por el vigésimo aniversario de la adopción de la Convención Internacional para la Protección de Todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas.
¿Qué es la pérdida ambigua?
El concepto de pérdida ambigua fue desarrollado por la psicoterapeuta e investigadora estadounidense Pauline Boss para describir situaciones de pérdida en las que no existe una confirmación definitiva que permita concluir el proceso de duelo.
En los casos de desaparición, la ausencia no tiene un desenlace definido. La familia puede conservar la esperanza de encontrar a la persona con vida y, al mismo tiempo, enfrentar el temor de que haya muerto.
González Rodríguez explicó que esta incertidumbre interrumpe los rituales sociales asociados con la muerte y dificulta que la familia reorganice sus roles. Por ello, la desaparición no representa únicamente la ausencia física de una persona, sino una situación que puede prolongarse durante años.
La desaparición mantiene activa la incertidumbre
La especialista señaló que los familiares pueden desarrollar una búsqueda constante de información: revisar mensajes, hospitales, expedientes, redes sociales y noticias relacionadas con posibles hallazgos.
Aunque esta conducta puede cumplir una función concreta en la localización de la persona desaparecida, también puede mantener al organismo en un estado permanente de alerta.
La incertidumbre puede acompañarse de insomnio, pesadillas, fatiga, irritabilidad, problemas de concentración, tristeza persistente, ansiedad y reacciones intensas ante llamadas, fechas o noticias relacionadas con el caso.
La exposición repetida a fotografías, expedientes y posibles hallazgos también puede provocar reactivaciones traumáticas, según la especialista.
Culpa, miedo y cambios en la dinámica familiar
Otro efecto frecuente es el pensamiento contrafactual, expresado en preguntas como “¿por qué no le llamé?”, “¿pude impedirlo?” o “¿estoy haciendo lo suficiente?”. De acuerdo con González Rodríguez, este mecanismo puede representar un intento de recuperar la sensación de control frente a un hecho imprevisible.
Sin embargo, la culpa puede aparecer incluso cuando el familiar no tuvo responsabilidad alguna en la desaparición.
La ausencia también puede modificar profundamente la organización familiar. Cuando la persona desaparecida era proveedora económica, cuidadora o una figura central, otros integrantes deben asumir nuevas responsabilidades, mientras los gastos de búsqueda, transporte y asesoría pueden generar presión económica y conflictos internos.
En el caso de menores de edad, la especialista advirtió que pueden asumir responsabilidades propias de adultos antes de tiempo.
Más de 128 mil personas desaparecidas en México
El impacto psicológico ocurre dentro de una crisis de desapariciones que también tiene consecuencias jurídicas, económicas y sociales.
En mayo de 2026, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) publicó su informe Desapariciones en México, en el que señaló que el fenómeno genera una grave crisis de derechos humanos. Al cierre del informe, con información hasta junio de 2025, se contabilizaban más de 128 mil personas desaparecidas y, de acuerdo con conteos independientes citados por la Comisión, más de 70 mil cuerpos permanecían bajo custodia del Estado sin identificar.
La CIDH señaló que la mayoría de las desapariciones están relacionadas con el crimen organizado, aunque también documentó casos de desaparición forzada en los que habrían existido vínculos entre organizaciones criminales y autoridades encargadas de seguridad, procuración de justicia y autoridades políticas. El informe incluyó 40 recomendaciones para fortalecer las políticas de prevención, búsqueda, investigación, sanción y reparación.
La dimensión del problema también alcanza a distintos grupos sociales. La CIDH identificó particularidades en casos que involucran a menores de edad, mujeres, personas LGBTIQ+, periodistas y defensores de derechos humanos.
La ausencia también genera pérdidas económicas y sociales
Las familias pueden enfrentar pérdida de ingresos, ausencias laborales, gastos de transporte y asesoría, además de estigmatización.
Las insinuaciones de que una persona desaparecida “estaba involucrada en algo” pueden trasladar injustamente la sospecha hacia la víctima y generar aislamiento para sus familiares.
La ONU también reconoce que las desapariciones tienen consecuencias que trascienden a la víctima directa. Las familias y comunidades enfrentan angustia, incertidumbre, afectaciones económicas y sociales, además del derecho a conocer la verdad sobre el paradero de la persona desaparecida.
La incertidumbre no equivale automáticamente a una enfermedad
González Rodríguez señaló que sentir miedo, insomnio, tristeza, culpa o hipervigilancia ante la desaparición de un familiar puede constituir una respuesta comprensible frente a una situación extrema.
Estos síntomas no deben convertirse automáticamente en diagnósticos. Para determinar si existe un trastorno se requiere una evaluación profesional que considere su duración, intensidad y repercusión en el funcionamiento cotidiano.
La especialista planteó que la literatura especializada ha relacionado esta experiencia con estrés postraumático, depresión, ansiedad y aflicción intensa y persistente, además de proponer que la incertidumbre prolongada puede entenderse como una forma de trauma crónico.
Coloquio abordará violencia, subjetividad y crisis humanitaria
En este contexto, el Colegio de Psicología de la UCSJ realizará los días 28 y 29 de septiembre el Coloquio Internacional “Crisis Humanitaria, violencias, subjetividad y estados de marginalidad”, con la participación de investigadores y académicos de distintas instituciones.
El encuentro contempla también la participación de las periodistas María Cortina y Marcela de Jesús Natalia, defensora de derechos humanos e integrante del pueblo Ñomndaa’, además de otros especialistas.
El objetivo del encuentro será propiciar el intercambio académico sobre las distintas manifestaciones de la violencia y sus efectos en la subjetividad, así como discutir propuestas relacionadas con la práctica clínica y las políticas de atención e inclusión.
La desaparición de una persona, por tanto, no termina con el momento en que se pierde su rastro. Para quienes la buscan, la ausencia puede convertirse en una experiencia cotidiana en la que la esperanza y el temor coexisten sin una respuesta definitiva. –sn–


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