Por Daniel Almazán Jiménez*
El planeta es un cuerpo que siente, que respira, que sufre, que vibra o se emociona. El planeta se mueve, gira y –si le damos el tiempo necesario– se regenera. El planeta es un ser vivo tan inteligente que, cuando algo le afecta lo destruye, lo aísla o lo elimina.
Para poner un ejemplo, desde que la humanidad ha existido, siempre se ha aprovechado del planeta, se ha abastecido de él a costa de todo, incluso, es bien sabido que el ser humano no sólo toma lo elemental, sino hasta de más, a nombre de la subsistencia y evolución de la especie.
Lamentablemente, hasta el momento, se ha hecho muy poco en favor del propio planeta, pues el hecho de tomar los recursos que nos brinda la naturaleza no quiere decir que no debamos darle nada a cambio, lo menos que debemos garantizarle es el respeto.
Por ello, aseguro que el planeta es tan sabio que, si algo lo enferma, éste crea sus anticuerpos, sus antibióticos y sus vitaminas para deshacerse de la enfermedad a través de sus secreciones, a veces incandescentes, que queman y arrasan con todo; fluidos salvajes que inundan lo que le estorba y que lo limita a seguir girando.
De esta forma, el planeta se defiende de los parásitos y de las enfermedades causadas por su mayor bicho que es el ser humano. Por eso, me da risa cuando supuestos doctores, medioambientalistas o reporteros hablan en los medios sobre las mutaciones y las variantes del Covid-19, tratando de dar una explicación científica que ni ellos mismos entienden y lo peor, es que, les da temor reconocer en sus respectivos espacios que los virus, bacterias, pestes, diluvios, erupciones, inundaciones, tornados, tormentas, huracanes, sismos y demás fenómenos que nosotros llamamos «desastres naturales», no son otra cosa más que un mecanismo de autodefensa de la tierra.

Sí, nosotros somos el virus que se propaga rápidamente y enferma al planeta, tan es así, que muchos de nosotros nos dimos cuenta que, cuando nos encerramos a causa del coronavirus, en muchas ciudades del mundo, (vacías a causa del confinamiento), los animales salieron y ocuparon los espacios que un día les perteneció, muchos buscando comida y otros, simplemente disfrutando de la poca actividad humana y con ello, la baja contaminación.
Por ejemplo, en las calles de Nara, Japón, los ciervos ya han pasado a formar parte del paisaje urbano. Las calles de Srinagar, al norte de la India, caballos salvajes se adueñaron de la ciudad y pasean tranquilamente.
En Israel, los jabalíes aprovecharon la ausencia humana en las calles para transitarlas sin el característico nerviosismo de ese animal. De igual forma, los habitantes del Reino Unido, desde sus ventanas, fotografiaron la libertad de las cabras que llegaron a hacer suyas las calles.

Y que decir de Venecia que, sin turismo o emblemáticas góndolas, las aguas de sus calles se tornaron cristalinas regresando con ello, la fauna que podía contemplarse a simple vista; al igual en Chile en donde debido a la nula actividad humana, en la capital del país, se observaron pumas y curiosos siervos en busca de comida y que, por la rareza de esos animales en las ciudades, los medios dieron cuenta de ello.

Lo anterior, nos sorprendió al ver imágenes de animales de la selva, del bosque y las montañas deambulando por las calles de las ciudades del mundo, sorpresa que es entendible si reconocemos que el verdadero problema, es la dimensión de las actividad humana.
Y es que, el alcance de nuestro patrón de consumo, desde hace siglos lo hemos excedido de acuerdo a la capacidad de nuestro planeta; a ello, sumémosle que, no hemos dado el tiempo necesario a la tierra para absorber o procesar nuestros desechos, experimentos y depredación por lo que, el ser humano ha tenido que inventar otros sistemas más dañinos, a base de químicos para poder seguir obteniendo los recursos que estamos utilizando.

Es por ello, que la calidad y cantidad de los alimentos que producimos, ha disminuido, así como la calidad del aire y del agua para el consumo humano, lo que ha catapultado las enfermedades infecciosas como la pandemia y lo peor, es que, ya hemos afectado la habitabilidad de algunas regiones del planeta.
Ojalá cada vez seamos más los que reconozcamos que el ser humano ha propiciado un declive natural que afecta a la naturaleza e irónicamente, también la supervivencia de la propia humanidad.
Hagamos honor a la sabiduría de un ser vivo como lo es el planeta, para poder entender que los virus y bacterias, no son otra cosa más que un mecanismo de autodefensa de la tierra, mismos que, nosotros combatimos con nuestras vacunas científicas como si de una mutación se tratara para fortalecernos ante los embates de un planeta cada vez más maltratado. Hagamos honor a la deidad que representa la madre naturaleza.
- Periodista | Twitter: @Daniel1Almazan
Columna anterior: Mi testimonio


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