Opinión | Daniel Almazán | Mi testimonio

Por Daniel Almazán Jiménez*

Durante las colaboraciones que he hecho a lo largo de mi trayectoria como periodista, es muy raro que aborde temas médicos y la razón, es porque reconozco que no domino el tema.

En esta ocasión y por tratarse de un caso personal, debo confesar sentirme preocupado porque desde que tengo uso de razón la mayoría de la gente suele aborrecer a los niños inquietos.

En el mejor de los casos, los adultos le rehúyen a esos niños y en el peor de ellos, los golpean o los ponen en evidencia como una forma de aplicar correctivos que “ayuden” a controlar el comportamiento del infante.

De acuerdo a mi experiencia, esos golpes, regaños y reprendas no son otra cosa más que producto de la ignorancia de los adultos, falta de interés y paciencia y sobe todo, carencia de tiempo hacia la atención de los niños.

En mi caso, desde la infancia padecí trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) que, de acuerdo al Guttmann Barcelona, Instituto de Salud Cerebral y Neurorrehabilitación, “es un trastorno de origen neurobiológico crónico que se puede manifestar en todas las edades de la persona. Los síntomas fundamentales son déficit de atención e hiperactividad motriz” además, es una enfermedad que no tiene cura pero que puede ser controlada de manera eficaz.

Dicho trastorno (ignorado en mi edad temprana), me afectó en la escuela, familia y amigos. Por ello, en varias ocasiones fui expulsado y en consecuencia castigado. En el ámbito social, siempre fui una persona introvertida y por ello, aislada; mis amigos eran contados y mi confianza hacia las personas era casi nula, me aburrían las personas.

La hiperactividad y su manifestación de mi enfermedad llegó a tal grado que, incluso, una maestra me catalogó de “loco” y lo peor, es que fue frente a todo el salón, a ese grado llegaba la ignorancia en los docentes; así como pseudo psicólogos especialistas en niños que recetaban pastillas para limitar mi energía, pero, por suerte mis padres nunca estuvieron de acuerdo en medicarme.

De acuerdo a especialistas, el TDAH suele comenzar en la niñez y persiste hasta la edad adulta y aunque muchos lo consideran un “problema”, en mi caso, resultó ser lo contrario pues a pesar de la ignorancia social y familiar, en la infancia y adolescencia, el trastorno me dio muchas satisfacciones personales.

Por ejemplo, en el ámbito deportivo, mis padres me inscribieron en el Plan Sexenal (deportivo en la Miguel Hidalgo) y ahí me di cuenta que el deporte me llenaba. Logré primeros lugares en la Ciudad de México en un arte marcial llamado Full Contact.

En clavados, obtuve algunas medallas, al igual que en Taekwondo. En ese entonces, solía correr en un deportivo de Azcapotzalco (Deportivo Ceylán) y me trazaba retos de aumentar el tiempo y el máximo fue de dos horas y trece minutos, pero como en todo, me aburrí y lo dejé no por cansancio sino porque una persona que padece este trastorno suele dejar las cosas cuando ya las ve superadas y va por más retos.  

De igual forma, este trastorno, me hizo muy sensible a los aromas, a los colores, al ruido de mi alrededor incluso, a la energía de las personas que desde niño observaba y analizaba.

En mi alucín, podía ver la enfermedad de muchas personas antes de que enfermaran, es decir, analizaba su comportamiento y sus hábitos para darme cuenta de que iban a enfermar y casi siempre se cumplía.

Un día en la calle, rumbo a la secundaria, un individuo que de lejos parecía un indigente, me tomó del brazo y no sentí la necesidad ni el deseo de zafarme, aunque en un movimiento ligero lo hubiera logrado.

Esa persona –que no olvido su cara– me pidió dedicarme a ayudar a los demás, me dijo que podía curar. Me habló de vibras, de energías en las que, para ser franco, al principio, no creí, pero su tono de voz, su cercanía y su mirada me atraparon y supe que algo de lo que él decía era cierto.  

Los años pasaron y mi condición mejoraba, la lectura me atrajo por mucho tiempo y por fortuna, fue durante mi universidad, que por cierto muchos, incluso familiares, pensaron y auguraron que nunca podría estudiar por mi “loquera” y no sólo terminé mis estudios, sino que, hice dos diplomados, en sociología y política, así como una maestría.

Biblioteca de la Escuela de Periodismo «Carlos Septién García»

Decía Goethe que “El hombre se cree siempre ser más de lo que es, y se estima menos de lo que vale…” y por eso describo mis logros, pues un niño o un adulto, es más que una etiqueta social, que un estigma familiar y, sobre todo, es más que un comportamiento o una forma de actuar.

El ser humano a menudo comete el error de dejar fuera el análisis personal para montarse en la ignorancia del juicio a los demás. Ven los problemas de todos y dejan fuera los suyos y ese simple error, estanca o limita la solidaridad, la energía, la unidad y la naturaleza de la hermandad que tanta falta hace en nuestra sociedad.

Columna anterior: «Marinita»

Periodista Daniel Almazán

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