Daniel Almazán

Opinión | Daniel Almazán | El fútbol bajo el secuestro del capitalismo

El fútbol nació como una expresión de la clase obrera y una celebración lúdica de los pueblos…

Por Daniel Almazán Jiménez*                            

(…) un deporte que ha convertido en héroes nacionales a jóvenes que difícilmente habrían encontrado otro camino para alcanzar dicho reconocimiento y por ende, fortuna, pues las grandes figuras que han maravillado al mundo durante décadas, desde Pelé y Maradona hasta Messi y Cristiano Ronaldo, surgieron de barrios populares, crecieron jugando en calles de tierra, aprendieron a gambetear entre amigos que encontraron gracias a una pelota y dos piedras que usaban como portería lo que les dio su verdadero talento y con él, una oportunidad para cambiar su destino, por ello resulta profundamente contradictorio que el deporte más popular del planeta se encuentre hoy subordinado a una lógica donde el negocio parece importar más que la pasión que le dio origen.

Durante décadas, las tribunas estuvieron ocupadas por trabajadores, estudiantes, comerciantes y familias enteras que encontraban en el fútbol una forma de identidad colectiva, una experiencia compartida que trascendía diferencias económicas, religiosas o políticas, sin embargo, conforme avanzó la globalización han venido creciendo los intereses comerciales alrededor de los grandes torneos y el aficionado dejó de ser el centro del espectáculo para convertirse en cliente o, peor aún, en un costoso QR que facilite su acceso a una tribuna a presenciar un partido y, en gran parte, eso orilló a que, aquellos niños de barrio talentosos y hoy famosos dejaran de ser únicamente deportistas para transformarse en activos financieros capaces de generar miles de millones de dólares para unos cuantos o sea, para el capital que le ha arrebatado a la mayoría de la humanidad el fútbol.

Voluntarios FIFA
Voluntarios FIFA

Y para muestra, la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) que simboliza mejor que nada esta transformación, pues aunque formalmente se presenta como una organización deportiva internacional, en los hechos opera como una de las corporaciones más rentables del planeta, obteniendo ingresos multimillonarios a través de los derechos de transmisión para la televisión, contratos de patrocinio, venta de boletos hasta en 300 mil pesos mexicanos, paquetes de hospitalidad corporativa y la comercialización prácticamente total de la experiencia futbolística, de tal manera que la pasión por este deporte ahora es un producto y materia prima para una industria global cuyo principal objetivo ya no es el deporte ni el pretexto idóneo para la unidad entre los pueblos sino maximizar ganancias para el capital, dicho más claro, para unos cuantos.

Gracias a esa visión ambiciosa pero, sobre todo, por la distorsión del deporte, la FIFA se ha visto envuelta en escándalos de corrupción y muchos han acusado de favorecer a equipos y figuras que más dinero les han dejado a los directivos de la FIFA y por ello, es entendible que al interior de esta institución se desaten arduas batallas para la compra de votos para elegir sedes del mundial de fútbol, sobornos de empresas para ganar los derechos de transmisión de partidos y abusos contra personas migrantes en la construcción de estadios pues se han dado cuenta que el fútbol es uno de los negocios multimillonarios en los que, de acuerdo a analistas, muchas corporaciones han invertido cantidades exorbitantes para tener presidentes de este organismo a modo y así ganar sedes, cesión de derechos y hasta la imagen de un mundial.

Por ello, expertos aseguran que la FIFA protege también a los jugadores más mediáticos y que dejan enormes ganancias particularmente cuando decisiones arbitrales polémicas terminan favoreciendo a quienes representan buena parte del valor comercial del espectáculo como Messi y la controversia reciente de este mundial 2026 alrededor del astro argentino ha alimentado esa percepción, pues para aficionados y doctos del reglamento de fútbol como el ex árbitro mexicano, dos veces mundialista y uno de los mejores silbantes del mundo, Arturo Brizio, Lionel Messi debió ser expulsado en el partido contra Argelia, toda vez que, “la acción de Messi reunió todos los elementos para ser calificada como tarjeta roja, prohibirle su camino al récord y suspenderlo para el próximo partido…”.

Lionel Messi | EFE/Alberto Boal
Lionel Messi | EFE/Alberto Boal

Y es que, si se analiza dicho partido, nos damos cuenta de que, el argentino “cometió juego brusco grave por atrás, planchó al rival, hizo contacto con sus tachones en la pantorrilla” y haciendo un poco de historia, desde hace años el criterio es claro, las planchas por arriba del tobillo deben calificarse con roja y no lo digo yo sino el propio criterio que deben tomar los árbitros de acuerdo al reglamento al que se rigen, es más, ni siquiera fue revisada la jugada por lo que, se mantuvo en el campo para anotar tres goles y empatar a Miroslav Klose como el máximo goleador en la historia de los Mundiales y esa hazaña vende más boletos, más cerveza, más playeras y por ello no fue expulsado pues a la FIFA no le hubiera convenido que Messi no jugara lo que restaba del partido y el siguiente en donde por cierto, también anotó pues dicha acción que debió haber terminado en expulsión se resolvió con indulgencia arbitral, permitiéndole continuar en el Mundial y sumar goles que, bajo una aplicación más estricta del reglamento, no habrían existido, una circunstancia que inevitablemente es evidencia del peso económico que tiene la figura de Messi dentro del ecosistema capitalista y comercial del fútbol moderno.

Y es que Messi no es solamente un jugador extraordinario, es también una marca global, como describo líneas arriba, una figura capaz de vender millones de camisetas, atraer patrocinadores internacionales, incrementar audiencias televisivas y disparar el valor comercial de cualquier torneo en el que participe, siempre con la protección de instituciones señaladas de corruptas y arbitrajes polémicos, exactamente igual que ocurre con otras figuras como Mbappé, Cristiano Ronaldo y más recientemente Lamine Yamal, cuyos nombres representan mucho más que talento deportivo, pues se han convertido en elementos esenciales para una industria que depende cada vez más de rostros globales para mantener el interés de las audiencias y garantizar ingresos crecientes.

Todo ello refleja una transformación mucho más profunda que una simple estrategia comercial, pues el fútbol parece haber dejado de concebirse como un ritual colectivo para convertirse en una mercancía global, un espacio donde las decisiones deportivas conviven cada vez más con intereses económicos que terminan contaminando la percepción de justicia dentro de la cancha, una lógica que contradice la esencia misma de un deporte que nació precisamente entre los sectores populares y que ahora es inalcanzable, no sólo para esos sectores sino para las clases sociales medias y algunas altas pues de plano, los boletos, en este mundial no fueron pensados para todos.

Balón de futbol en cancha
Balón de futbol en cancha

Sin miedo a equivocarme, estoy seguro que muchos comparten esta realidad y también no descarto que muchos duden de la misma pero, cuando una organización capitalista obtiene miles de millones de dólares gracias a la presencia de determinados jugadores, cuando las figuras más mediáticas son fundamentales para sostener contratos televisivos, patrocinios, ventas globales e incluso el poder vender en un estadio una cerveza en 20 dólares (350 pesos mexicanos) resulta inevitable que surjan sospechas después de cada decisión polémica y que parece beneficiarlos y el aficionado queda relegado a un papel secundario al tomarle el pelo y con ello, la pasión popular es utilizada como combustible para una maquinaria financiera cada vez más alejada de la gente.

En suma, todo ello nos debería obligar a pensar y reflexionar sobre cada acontecimiento ya sea deportivo, cultural o social para mirar más allá pues en el caso del fútbol, la progresiva transformación del deporte más popular del mundo en un negocio donde las estrellas son vendidas como mercancía y productos y no como atletas pues representan más inversiones y ganancias inflándolos ante los medios y todas las trampas que hay detrás de cada figura adorada por chicos y grandes mientras que, los aficionados se reducen a consumidores y con ello, la credibilidad deportiva corre el riesgo de subordinarse a la rentabilidad, una realidad que debería preocuparnos a todos, porque cuando el negocio se impone a la justicia y la confianza, lo que está en juego no es sólo la reputación de un jugador, sino la esencia misma de un deporte cada vez más secuestrado por el capitalismo.

Periodista | Twitter: @Daniel1Almazan  



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