El Museo Amparo presenta El hogar que habito, exposición de la Colección FEMSA con obras de 60 artistas que exploran el cuerpo, la memoria, el hogar, los territorios compartidos y la relación con otras especies.
Por Adriana López | Reportera
El Museo Amparo recibirá desde el sábado 26 de septiembre la exposición El hogar que habito. Obras de la Colección Femsa, una muestra que reúne piezas de 60 artistas para explorar las distintas formas en que las personas habitan el mundo.
La exposición propone un recorrido que parte del cuerpo como primer territorio y avanza hacia el hogar, la memoria, los territorios compartidos, las estructuras coloniales y la relación con otras especies. Permanecerá abierta hasta el 25 de enero de 2027 en Puebla.
La propuesta fue concebida específicamente para el Museo Amparo y reúne obras de distintas generaciones y contextos de México y América Latina. Su recorrido plantea preguntas sobre identidad, historia, pertenencia, relaciones de poder, desigualdad, memoria e interdependencia.
Del cuerpo al territorio
La curaduría está a cargo de Eugenia Braniff, Paulina Bravo y Beto Díaz Suárez, curadores de la Colección Femsa, quienes organizaron la exposición en cinco núcleos temáticos.
El recorrido comienza en el Vestíbulo del Museo Amparo con Redasilú (Vendrá la memoria), de Ana Hernández, una instalación integrada por 68 bules de calabaza intervenidos con materiales provenientes de la tierra.
La pieza introduce la lengua como una forma de relacionarse con el mundo y de organizar la experiencia. La instalación incorpora un audio en zapoteco y aborda la relación entre memoria, identidad, representación y diversidad lingüística.
A partir de este punto, Desde y hacia el cuerpo plantea el cuerpo como el primer territorio que se habita y como el medio para sentir, experimentar y establecer vínculos con el entorno.
Memoria, poder y hogar
En Fragmentos y tensiones, el territorio aparece como un espacio atravesado por relaciones de poder, conflictos y transformaciones que condicionan las posibilidades de habitar, recorrer o reclamar determinados espacios.
La instalación Objetos de mi jardín, de Miguel Fernández de Castro, reúne objetos encontrados en el desierto de Sonora y aborda las tensiones relacionadas con la migración, la violencia y la frontera.
Otro núcleo, Estructuras coloniales: sobre la invisibilización de las identidades, examina las formas en que la colonización organizó y jerarquizó personas, saberes y maneras de comprender el mundo.
En este apartado se presenta La Artesa que vino del mar, de Aydeé Rodríguez López, cuyo trabajo recupera historias y memorias de comunidades afromexicanas y aborda identidades que durante largo tiempo permanecieron fuera de las narrativas dominantes.
La casa como territorio
El territorio doméstico dirige la mirada hacia espacios cotidianos como cocinas, habitaciones y baños. La casa aparece como un lugar donde se construyen vínculos e identidades, pero también donde pueden hacerse visibles desigualdades y tensiones.
Entre las obras se encuentra Mil novecientos cincuenta y cuatro, de Mauricio Gattás, una instalación que reconstruye una cocina regiomontana de la década de 1950 mediante recuerdos familiares y objetos pertenecientes a su abuela.
El recorrido concluye con Habitar el mundo, núcleo dedicado a la relación con la naturaleza y otras especies. La propuesta aborda conceptos como interdependencia, cuidado y reciprocidad.
Una de las piezas es Andrómeda 7, 60, de Tomás Saraceno, cuya producción artística investiga las redes que conectan distintas formas de vida con sus entornos. –sn–


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