Análisis, Daniel Almazán

Opinión | Daniel Almazán | Las ampollas de la universidad

Por Daniel Almazán Jiménez*

Ese día salí de casa, el cielo se tornaba de un gris amenazador y cuando cayeron las primeras gotas de lluvia ya estaba en la pecera rumbo a la universidad.

El viaje de casi una hora fue, sin duda, uno de los mejores que he tenido pues, aunque al principio no encontré asiento, a dos semáforos de haber abordado se desocupó uno junto a la ventana.

Desde un lugar a salvo, veía caer la lluvia y los charcos que siempre se forman en la Ciudad de México principalmente por la enorme cantidad de basura que tapa las coladeras de la calle.

Los vidrios se empañaban y tal y como lo hacía de niño, escribía letras y hacía dibujos con el dedo. Con mi respiración cerca de la ventana, volvía a empañar el vidrio cuando un trazo salía mal y volvía a empezar.

La lluvia no sólo seguía, sino que aumentaba su intensidad a tal grado que por momentos el chofer hacía pausas y se estacionaba porque la visibilidad era cada vez menos. Los rayos y truenos se hacían presentes y las gotas seguían descendiendo por el vidrio, a veces a chorros.

Afuera, la gente sino estaba pegada a las paredes debajo de una marquesina, corría a todos lados envalentonada por el pequeño o inútil cobijo que les daba un pedazo de periódico, bolsa o cartón que ponían sobre la cabeza ya también empapada.

Algunos carros con luces encendidas pasaban rápido y salpicaban a los de la parada de camión y, a veces, hasta a los que estaban en la pared resguardándose afuera de algún inmueble.

Los pasajeros sólo hacían rumores burlones desde la seca seguridad que les daba aquella pecera de la ruta dos que corría de Ceylán a San Cosme y, después de casi una hora de trayecto, tocó mi turno de bajar. Correr y ser parte de esas personas que se mal cubrían la cabeza como si fuera lo único de lo que están hecha la humanidad.

¿Por qué no se cubrían la espalda? Preguntaba yo… un lo entendí, pero al bajarme y correr, lo primero que hice fue cubrirme la cabeza con mi morral de lana tejido y lo mismo me daba brincar charcos que pisar la banqueta mojada o el pasto engañoso que escondía huecos en donde se estancaba el agua.

Nada importaba, el aroma de la humedad mezclada con humo, tierra mojada, pasto, árboles y caño no era tan desagradable pues se que a eso huele mi ciudad cuando llueve, simplemente era alucinante pues la lluvia corría por mi cara mientras yo lo hacía lo mismo rumbo a la escuela.

Todo se estaba convirtiendo en una gran experiencia y anécdota pues ya estaba pensando que decirles a mis compañeros por llegar todo mojado y escurriendo.

Por fin llegué, el conserje que ya trapeaba la loseta cerámica de la entrada, me miró como implorando no entrar por lo que le pedí su jerga e ingresé caminando hacia atrás al mismo tiempo que iba limpiando las huellas de mi recorrido.

Al subir las escaleras, me di cuenta que mis pasos hacían ruidos agudos provocados por el agua que logró filtrarse a mis zapatos que ya tenían las suelas delgadas y los tacones gastados.

Me dirigí al baño, me senté en el escusado y me quité los calcetines, los exprimí y con el papel higiénico secaba mis pies, secaba mis zapatos por dentro mientras resecos, formaban líneas blancas de salitre acumulado en las orillas.

Mis calcetines seguían húmedos y decidí tirarlos para apresurarme porque la clase estaría por empezar. Con un poco de papel aún sobre los pies, me puse los zapatos, me lavé las manos y entré al salón donde ya había compañeros quienes no dudaron en burlarse de mi situación, pero no importaba pues mis pasos ya no hacían ruidos extraños.

Me senté en mi lugar y recordé que mis libretas fueron mi nula protección de la lluvia, pensé que estaban también mojadas, pero se salvaron, solo se arrugaron de las orillas, pero no era nada grave.

Durante la clase, aún llovía a fuera y de nuevo, las ventanas se empañaban por el calor del vapor que emanaba el café de algunos compañeros, ese aroma era irresistible y tan deseable que al terminar la clase bajé a la cafetería y me compré el mejor expreso que he probado en mi vida. Lo disfruté a sorbos y aunque se enfrió rápido, me duró las 5 horas que estuve en la escuela.

Sin duda, comprarme un café fue una decisión difícil porque eso significaba gastarme el pasaje y regresarme caminando a mi casa, pero el café valió mucho la pena. Antes de salir, pasé a la biblioteca por dos libros y salí de la escuela.

Recorrí el mismo trayecto de la pecera de regreso sólo que esta vez a pie, pero lo bueno es que ya no llovía. Sabía que el camino era largo por lo que tenía que inventarme cosas en la cabeza para no aburrirme.

A lo largo del camino, observaba los estragos de la lluvia. Había muchas hojas de los árboles en el piso, basura en las coladeras, lodo y piedras dejó el caudal de la lluvia a mitad de la avenida.

Algunos árboles, ahora, estaban más pelones y con pocas hojas y uno que otro con ramas rotas. Todo había cambiado por la lluvia que trae cosas nuevas y yo seguía caminando.

Después de casi dos horas de camino, mis pies sentían lo tupido y lo difícil de cada paso, pero también, de cada brinco que daba para esquivar charcos. El aroma que había dejado la lluvia me invitaba seguir adelante a caminar y a continuar hasta que por fin llegué a casa. 

Me senté en la cama y me quité los viejos zapatos que eran cafés pero que el salitre los hizo blanquizcos. Observé mis pies y las plantas eran exageradamente blancas, arrugadas como si fueran pies de viejito, sentía con el índice las arrugas chistosas de los dedos de los pies húmedos y sucios por la tierra que también se filtró durante mi camino de regreso.

Me bañé, me cambié y me fui a la cama a leer quizá por una hora y media. Me dormí y fue hasta el otro día cuando mis pies ya se habían secado y recuperado su forma cuando el dolor de los talones me invadió. Me toqué los pies y sentí unas burbujas en los talones y al descubrirlos vi aquellas bolsitas de agüita en los talones y la parte de arriba de los dedos.

Reventé esas bolsitas y retiré la piel que las formaba lo que causó mucho dolor que hasta me hizo sangrar algunas de esas ampollas de la universidad. Tardaron varios días en sanar mis pies. Lo peor, es que tardé meses en comprarme otros zapatos y las lluvias seguían, pero con ellas, también mis ganas de aprender, de buscar aromas, de disfrutar el café.

Sobretodo, de conocer y de recorrer caminos aún en la tempestad que muchas veces nos cobra la factura a cambio de un poco de habilidad, experiencia y conocimiento como en este caso, las ampollas de la universidad de la vida, de la realidad de la verdad… 

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