Jorge Santa Cruz

Opinión | Jorge Santa Cruz | Nietzsche, Putin y el dominio del mundo

Por Jorge Santa Cruz                                   

(Publicado de manera original en Sin Compromisos)                          

En 1945, una vez vencido Adolfo Hitler, las democracias occidentales entregaron a Stalin diez naciones europeas y la mitad oriental de Alemania. En ese momento, la fuerza de voluntad rusa (utilizada por los comunistas) aprisionó a más de 800 millones de personas detrás de la cortina de hierro

La ensoberbecida Europa estaba sumida en el caos cuando el filósofo alemán Friedrich Nietzsche publicó la primera edición de Más allá del bien y del mal en 1886.

Habían transcurrido apenas quince años del fin de la guerra franco-prusiana.

Ese año 1871 fue fundamental para la reconfiguración de Europa occidental: la tercera república se fundó en Francia, y la unificación se dio en Alemania e Italia.

Francia e Italia se subordinaron al liberalismo y Alemania se convirtió en un imperio.

En ese contexto, Nietzsche —nacido en Lützen, en 1844— se dio cuenta de que la voluntad de las naciones de Europa occidental se había debilitado a causa de su apego al escepticismo filosófico. Advirtió también, que la gigantesca Rusia (la nación más extensa del planeta) representaba para ellas el más grave peligro:

Por eso se toca con la mano que hoy es en Francia donde la voluntad está más enferma, y Francia, siempre maestra en abstractivos, tan fatales como seductores, preséntanos, como verdadera escuela y exposición del escepticismo, todas sus galas, toda la superioridad de su cultura en Europa. La fuerza de voluntad está más acentuada en la Alemania del Norte; es bastante mayor en Inglaterra, por su flema, y en España y Córcega por las duras cabezas de sus habitantes —sin hablar de Italia, que es demasiado joven para que pueda saberse lo que quiere o si quiere algo—; pero donde la voluntad está maravillosamente desarrollada, es en el imperio del medio que une a Europa con el Asia; es decir, en Rusia. Allí la fuerza del querer, por largo tiempo contenida y acumulada, está aguardando la ocasión de «descargarse», no se sabe si en afirmaciones o en negaciones. No habrá necesidad de guerras o de complicaciones en la India, para que la Europa se vea libre y en el mayor peligro que le amenaza; bastarán las revoluciones internas de aquel imperio; su disgregación en pequeñas partes, y sobre todo, la introducción del absurdo parlamentario, con obligación de leer la Gaceta. Y no lo digo porque lo desee; más desearía lo contrario, más desearía que la amenaza rusa fuese en aumento, para que Europa se pusiera en defensa, se uniera en una voluntad única, en una voluntad duradera, terrible, especial, la cual se fijase una meta de milenios, para que por fin la larga comedia de su división en estaditos y de las turbulencias dinásticas y democráticas, cesara ya de una vez. Pasó el tiempo de la política menuda: el próximo siglo nos promete la lucha por el dominio del mundo, la necesidad de hacer política grande.1

Nietzsche murió el 25 de agosto de 1900 en Weimar, Alemania, por lo que no tuvo tiempo de ver cómo «la fuerza del querer, por largo tiempo contenida y acumulada» fue secuestrada por los bolcheviques encabezados por Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin, y Lev Davídovich Bronstein, alias Trotsky.

El filósofo alemán tampoco vio cómo Lenin, Trotsky y demás cabecillas rojos (entre ellos José Vissariónovich Dzhugashvilli, alias Stalin) eran financiados por banqueros neoyorquinos como Jacobo Schiff, Mortimer Schiff, Felix Warburg, Otto Khan y Olef Asxberg.

Los bolcheviques no solo derrocaron al zar Nicolás II, sino que trataron de comunizar a Europa, en especial a Alemania, una vez concluida la Primera Guerra Mundial. El nacionalismo de las menguadas fuerzas armadas alemanas lo impidió.

Stalin se hizo con el poder a la muerte de Lenin (ocurrida el 21 de enero de 1924) y llevó el terror sistematizado a los niveles más despiadados.

Las purgas, las persecuciones, las desapariciones y las delaciones fueron una constante durante su régimen, que se prolongó hasta el 5 de marzo de 1953).

La dictadura que sojuzgó a Rusia y a las demás naciones que cayeron en las garras del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) costó, por lo menos, 60 millones de vidas humanas.

Cabe decir que entre 1932 y 1934, Stalin mató de hambre a aproximadamente cuatro millones de campesinos ucranianos que se negaban a la colectivización.

En 1945, una vez vencido Adolfo Hitler, las democracias occidentales entregaron a Stalin diez naciones europeas y la mitad oriental de Alemania. En ese momento, la fuerza de voluntad rusa (utilizada por los comunistas) aprisionó a más de 800 millones de personas detrás de la cortina de hierro.

La URSS dejó de existir el 25 de diciembre de 1991, víctima de las debilidades intrínsecas del comunismo. Rusia, entonces, fue financiada otra vez por los banqueros de Nueva York. Ellos sostuvieron al primer presidente ruso tras el colapso soviético: Boris Yeltsin (quien impulsó a un joven militar del KGB —la policía política de la URSS—, Vladímir Putin, a los más altos niveles del poder en su país).

Hoy, las fuerzas militares rusas —comandadas por el presidente Putin— están otra vez en Ucrania. Putin asegura que no busca la ocupación de Ucrania y afirma que sus objetivos militares en suelo ucraniano son únicamente dos: desmilitarizar a este país y desnazificarlo.

Hoy, a 136 años de que Nietzsche publicara la primera edición de Más allá del bien y del mal, vemos que la voluntad de los países de Europa occidental es casi nula, y que Rusia ocupa el primer plano en la escena geopolítica.

En el siglo XX, Rusia fue preponderante porque fue la principal república sometida por el comunismo soviético; hoy lo hace como una nación que reclama el derecho a ser poderosa y respetada.

Es en Rusia, donde como lo vio Nietzsche en 1886— «… la fuerza del querer, por largo tiempo contenida y acumulada, está aguardando la ocasión de “descargarse”, no se sabe si en afirmaciones o en negaciones».

Es cierto que, la religión cristiana ortodoxa ha florecido durante el gobierno del presidente Putin. También lo es que el actual mandatario ruso rechaza la ideología de género y el globalismo liberal impulsado por los Rothschild, los Soros, los Rockefeller, los Obama, los Clinton, los Zuckerberg, los Gates, etc.

De igual manera, son verificables los agravios que las cúpulas de poder enquistadas en Occidente han hecho al gobierno y al pueblo de Rusia desde que Putin tomó las riendas del poder.

Por lo pronto, Putin ha respetado a la población civil ucraniana. Será necesario, sin embargo, seguir con detalle la guerra en los frentes militar, político, económico, financiero y propagandístico para hacer una evaluación más precisa de la invasión a Ucrania.

El nacionalismo de Putin es real; empero, tiene matices que inquietan, como su estrecha alianza con la dictadura comunista china y su respaldo a dictaduras comunistas latinoamericanas como las de Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Por ello, es válido concluir —citando a Nietzsche—: no sabemos «si la fuerza del querer, por largo tiempo contenida y acumulada» en Rusia se descargará sobre Occidente para bien o para mal. No pasará mucho tiempo para que lo sepamos.

* Periodista y académico universitario | @JorgeSantaCruz1

(El presente artículo se publicó de manera original en Sin Compromisos y se replica en este espacio con autorización de su autor)

Referencias:

  1. Friedrich Nietzsche. Más allá del bien y del mal. Santa Fe: El Cid Editor, 2004. eLibro, pp. 180-181
Jorge Santa Cruz | Periodista
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