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Opinión | Mario A Medina | Que no le digan… | Tacos al pastor

Por Mario A. Medina                                                            

A aquel piloto de nacionalidad canadiense de preciso español que venía llegando de Estados Unidos, le pregunté: ¿Ya a descansar? Eran cerca de la media noche. “No”, me respondió, y buscó que lo pudiera orientar a dónde podía ir a esa hora a comer unos “taquitos al pastor”. “¡Son deliciosos!”, aseguró.

“Tengo mucha hambre, pero quiero cenar unos buenos taquitos al pastor”, insistió. Le expliqué que podía contratar un Uber que lo llevara a la calle de Lorenzo Boturini a “El Pastorcito”.

Mi condición de trabajo me permite estar en contacto con turistas. Me llama la atención que muchos, de manera destacada costarricenses, aparte de venir a visitar varios puntos del país -Cancún, la Basílica de Guadalupe, el Zócalo, Las Pirámides, Oaxaca-, lo que disfrutan de México es probar sus comidas: quesadillas, pozole, otros tantos platillos, pero la mayoría refiere como su favorito, degustar los taquitos al pastor.

Traigo esto a cuento porque cada vez que escucho a visitantes extranjeros hablar maravillas de nuestras bellezas turísticas, dicen lo mismo de la gente, de nuestra población “humilde, buena, amable, personas sabias”. Frente a ellos es lamentable que  todavía haya mexicanos quienes profesan un desprecio no a nuestras comidas, pero sí a nuestra gente quienes les dan “el sabor al caldo”.

Quise tratar el tema luego de repetir varias veces el comentario inteligente, el análisis sociológico, no politizado de Fabrizio Mejía Madrid y retomarlo: “La señora de las Tlayudas”. La señora que se atrevió a vender en el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA), el día de su inauguración, sus “doradas toluqueñas” con frijoles, nopales, cilantro, cebolla y salsa. 

Tlayuda - doradita
Tlayuda – doradita | @SociedadN_

A esos mexicanos que no quisiera calificarlos de “fifis”, pero que así se muestran, les da vergüenza, y aún en estos tiempos, hay muchísimos que en las redes sociales muestran su desprecio por esa gente que vende fritanga. 

Linda Dimitrov, consultora en imagen política, que presume ser una persona “preparada” y “estudiada”, aún piensa en México, como en la independencia, que somos una nación de castas: “Me da tristeza que no vamos a ser un país de primer mundo, somos el país de la cultura del tianguis y la garnacha”, escribió avergonzada.

La inauguración del AIFA no sólo permitió a los opositores al gobierno de la 4T para descalificar la obra del presidente Andrés Manuel López Obrador, aún sin conocerlo, si haberse asomado a la construcción y aprovecharon, de mala leche, no sólo para reprobarlo, también para indignarse porque una vendedora de tlayudas estuviera allí en un espacio que consideran debe estar un Starbucks, un McDonalds o Kentucky Fried Chicken

“No es clasismo: Sucede que nosotros sí entendemos qué es un aeropuerto internacional”, escribió en sus redes sociales otro de esos mexicanos que se sienten “especiales”, diferentes a la señora de las tlayudas para luego rematar: “No todas las obras deben de ser para el pueblo”. Así piensan. 

Bien dice Fabrizio Mejía, “el nuevo aeropuerto representa (para ellos) una guerra de razas y clases sociales”. Los “jodidos”, es esa “gente (que) no viaja en avión ni conoce otros aeropuertos”. Se avergüenzan de ellos, y también sin conocerlos, escribió en su Twitter otro más: “No sabe más que de basura”.

Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles
Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles | @SociedadN_

La Señora de la Tlayudas, de las doradas toluqueñas, la de la piel morena, la del delantal, la que no se amilanó con el poli de la Guardia Nacional, esa que a cada lugar que va Obrador de gira, es una oportunidad para ganar un poco más de dinero con sus tlayudas, con sus doradas; ellos, los “fifís” para sacar su frustración social, sentirse especiales, superiores a los nacos de piel morena, “de apetito desbordado” por querer ir a vender a un sitio, supone la “gente bien”, que no es de su clase, un espacio que no es un “mugroso” tianguis.

Efectivamente, las reacciones de un grupo social que se siente “hecho a mano”, como explica Fabrizio Mejía, es muestra de un “clasismo racionalizado”, es la forma en la que la derecha tiene la manera de afirmarse a través de excluir a los que se comportan distintos”, que suponen no se parecen a ellos. Son morenos, seguramente indígenas, pero, además, pobres. Su frustración en el fondo es cierta como dice el escritor, “los clasistas racionalizados se niegan a sí mismos para obtener el reconocimiento de quienes admiran”, de los otros a quienes ven como superiores y se imaginan como ellos.

Eso le ocurre a la senadora Lili Téllez que no sólo no puede ver a López Obrador, sino a los morenos, jodidos, a los léperos a quienes sueña con sacarlos del poder, y es que no son de su clase, güeritos como ella. Su ambición, sueña, es que un día “seamos como los canadienses”, y por eso su otro sueño es desaparecer, cuando ella llegue al poder y la derecha de la que se siente parte, haga renacer el NAICM de Texcoco. El primer vuelo, ya prometió, será a Canadá. Desde luego no a Oaxaca.  

El AIFA detonó algo que muchos pensábamos había casi desaparecido, el clasismo. Otra mexicana escribió: “Por más que la abeja le explique a la mosca que la flora es mejor, la mosca no lo entenderá porque sólo conoce la basura”. Sí, esta expresión es de alguien que “siente el peligro de ser igual”, pero que “revelan algo muy podrido de una parte de la sociedad, el clasismo racializado, (como) una forma de justificar las jerarquías sociales como naturales, debido al color de piel, las castas y los merecimientos”.

Dice Mejía Madrid sobre el “peligro” de ser igual que seguramente le atormenta a Lili Téllez: “Es la expresión de la derecha, su otro yo que se niegan a reconocerse, (y) que es una durísima realidad saberse que ni es canadiense, ni española (pura), menos europea”.

Para ellos, efectivamente, vivimos en la República de los plebeyos, de los que nacieron para servir, para estudiar en las universidades públicas para, si acaso, ser mano de obra (pocholín dicen en Oaxaca) de quienes estudiaron en el Tecnológico de Monterrey, en Harvad, de los señores que “aspiran que su precio como ser humano sea el mismo que su precio en el mercado, que el valor de su nación es porque lo aprecian los canadienses, el primer mundo.

Quienes descalificaron al AIFA y lo llamaron “aeropuerto chafa” sin conocerlo, suponen que la “superioridad” tiene que ver con ser menos prietos, y sí blancos, “tener más mundo”, vivir en Miami, París, Londres, Montreal; ser superiores porque has viajado millas y millas por todo el planeta. Ello les da derecho a ver de menos a quien no tiene un local como el Mayson Kayser, Chilis, Starbucks, McDonalds. Ellos viven de las apariencias, de que las jerarquías se deben basar en el esfuerzo del talento y, claro, desde luego, de las maracas que llevan puesta, que les gusta presumir y que pueden comprar, los jodidos, pues no. 

Efectivamente, las expresiones en sus twitters de estos grupos sociales revelan, como ha explicado Fabrizio Mejía, “algo muy podrido” de una parte de la sociedad mexicana que nos debe entristecer, mientras que a muchos de afuera festejan a nuestras gentes por como son, pero también por lo rico de los tacos al pastor y claro, no me cabe duda, por lo sabrosas de las tlayudas, de las doradas toluqueñas.  

Que no le cuenten…

Puede ser que el rediseño de la ruta del Tren Maya pueda dañar la naturaleza; se debe cuidar que no pase eso, pero una cosa es cierta, muchos de los que alzan la voz hoy, ayer no lo hicieron se quedaron callados cuando se cometieron cosas peores. 

*Periodista: @MarioA_Medina

Columna anterior: No todos los días se inaugura un aeropuerto

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