Historia en la frontera más peligrosa de Chile

Por Meritxell Freixas | EFE

Colchane.- La frontera norte entre Chile y Bolivia, en la localidad de Colchane, se convierte cada noche en un gélido campo de escondite y persecución en medio de aguas estancadas y barro, donde el Ejército persigue a los migrantes que, “engañados” por los coyotes, intentan entrar al país de forma irregular.

Los militares que patrullan de noche por el confín se ponen en alerta. Las luces cercanas al punto de control acaban de detectar movimiento y se han encendido de repente: es Yusmerli, una joven venezolana que intenta cruzar por un paso irregular.

«Me dejaron botada (abandonada)», dice apenas se encuentra cara a cara con el Ejército chileno, al que EFE acompaña esta noche de mediados de marzo en una misión de resguardo fronterizo.

El límite chileno-boliviano, en el extremo norte del país, a casi 2.000 kilómetros de la capital y por donde cruzan la mayoría de los migrantes que entran a Chile, es un lugar inhóspito y pantanoso en pleno desierto altiplánico.

La migración por la frontera de Chile y Bolivia

Entre 30 o 40 personas, según fuentes de la Policía de Investigaciones (PDI), cruzan cada día desde Bolivia por este punto no habilitado cuando cae el sol, acompañados de supuestos guías –conocidos como ‘coyotes’–, y la mayoría sin agua ni comida, después de semanas atravesando distintos países de la región.

La migración irregular en Chile se ha multiplicado de forma exponencial en los últimos años: de unas 10.000 personas en 2018 a casi 337.999 en 2023, según el Servicio Nacional de Migraciones (Sermig) y el Instituto Nacional de Estadísticas (INE). Los migrantes en esta situación representan el 17,6 % de los 1,9 millones que hay en el país suramericano.

«Tengo mucho miedo. Pensé que me iba a morir. Venimos caminando desde las siete de la tarde (son las dos de la madrugada)», relata entre sollozos Yusmerli, venezolana y chef de profesión.

«Vengo a trabajar para ayudar mejor a mi familia, no vengo a hacer nada malo», dice pensando en su hijo de tres años que ahora le cuida su hermana en Venezuela.

El juego del «gato y el ratón»

El Ejército chileno activó sus dispositivos nocturnos tras observar por cámaras térmicas tres grupos dispuestos a atravesar el bofedal (humedal altiplánico) que separa a Chile y Bolivia en la frontera. Yusmerli estaba ahí, junto con varios menores.

«Haremos una operación envolvente para concentrarlos a todos», indica el comandante de las fuerzas fronterizas Marco Agosin.

Casi dos horas después, la caravana militar llega a dos kilómetros de la frontera, pero no hay rastro de los migrantes: «Es el juego del gato y el ratón», dice el teniente coronel Carlos Tapia. «Nos fue mal hoy, los coyotes fueron más astutos», lamenta. –sn–