En días pasados viajaba en el Metro. En la línea B llegan muchas personas del rumbo de Ecatepec, de Villa de las flores, de “La Bola”; de colonias de la Gustavo A. Madero. Dos mujeres platicaban:
Por Mario A. Medina
-¡Nooo! Sería una desgracia para el país. No sólo no pagaría impuestos, además preferiría a su televisora, a la Chapoy, al pinche pedrito mayonesa; jajajaja.
– Sí, sería una desgracia. Ese güey es un transa, no respeta a las mujeres; un corrupto de primera.
-Un corrupto de herencia – acotó la otra-.
Supongo que el tema ya lo venían platicando antes de que yo subiera. No escuché el porqué de la trama, pero esas dos mujeres -me imagino de una tienda departamental por su vestimenta- me provocaron el convencimiento de que estaban bastante bien informadas y que sus fuentes, desde luego, no era “Hechos” ni el noticiario estelar de Televisa, ni los radiofónicos. Supongo lo hacen a través de portales de periodistas y/o youtuberos. Quién sabe.
Aunque no escuché de ellas el nombre de Ricardo Salinas Pliego, ni de TV Azteca, era claro que se referían al magnate, propietario de Grupo Salinas. Al bajar del vagón empecé a imaginar qué le podría pasar al país si el ahora apodado: “la perrita de Trump” fuera presidente de México.
Me distraje al cruzar la avenida Mosqueta rumbo a Paseo de la Reforma. Seguí caminado recordando qué otras actividades de mi agenda del día tenía que atender.

De repente me interrumpió un nombre: Silvio Berlusconi. El empresario italiano, magnate de la televisión de aquel país. Tres veces fue primer ministro; un populista de la derecha; digamos una especie anterior a Donald Trump.
Y es que cómo se parece Salinas Pliego a Berlusconi. Y aunque no empezó con una cadena de tiendas de venta de línea blanca y televisores, el empresario del país de la bota fue adueñándose de cadenas regionales por cable, trasformando esas televisoras en una televisión nacional, una acción que algunos la llegaron a calificar de “ilegal”, otros no, pero aceptaban que se había hecho de las emisoras gracias a una “chicana”, a una trampa y a la corrupción gubernamental.
Al final de su tercer y último periodo de gobierno en 2011, Berlusconi fue inhabilitado debido a su condena por fraude al fisco -sí como Salinas Pliego-. Fue senador y se asoció al gobierno de coalición de la ultraderechista Giorgia Meloni.
Propietario del equipo de futbol Milán y de muchas empresas, en 2009 Forbes lo ubicó entre los hombres más ricos del planeta; fue condenado a siete años de cárcel por prostitución de menores. Quienes lo estudiaron han destacado su falta de ética en sus prácticas políticas y empresariales. En 2013 la Corte Suprema de Casación lo condenó en forma definitiva a cuatro años de prisión por su fraudar al fisco.
Berlusconi tejió una red de complicidades para fortalecer su personalidad que lo llevó al gobierno durante tres periodos convenciendo a la población; una población poco informada, más bien desinformada, alejada de la política.
Salinas Pliego ha seguido de alguna manera el mismo esquema. Financia a un nutrido grupo de comunicadores que se dedican a enaltecerlo y proyectarlo como “el presidente que México necesita”. En sus redes sociales y en los noticiarios de la televisora que tiene concesionada, miente, difama, ofende a la mandataria Claudia Sheinbaum, a Citlalli Hernández o a la periodista Sabina Berman y a todo aquel o aquella que se atreve a criticarlo, amén de generar horas y horas de telebasura.

Aunque el gran poder que tuvo Berlusconi se dio en el contexto del siglo pasado, pareciera que Ricardo Salinas tiene en el italiano su ídolo, la figura a seguir. Como aquel, está “ensayando la misma ruta” para ser candidato presidencial de la ultraderecha.
Si viviera Berlusconi, Ricardo Salinas le podría cantar: “me parezco tanto a tiiii”. Los biógrafos de Berlusconi destacan “su amor propio y autoestima”; hablan de “un polémico sentido del humor” que le gustaba presumir en actos públicos, además de “carismático, deslenguado, insolente, indomable, machista, gamberro” (grosero), tramposo.
Sin embargo, hay al menos una diferencia. De Berlusconi se dice, “innovó” la televisión italiana. De Salinas se ha documentado que asaltó, se robó el canal 40 y lo acusan -no me costa- de no haberle pagado a otro Salinas, a Raúl Salinas, lo que le prestó para hacerse de la estatal Imevisión. Enfrenta juicios en EU por deudas con sus socios.
Lástima que nunca me enteré por qué y cómo empezó aquella charla entre esas dos señoras, pero sí me quiero imaginar que todo comenzó con una pregunta de una de ellas: “¿Y si Ricardo Salinas fuera presidente?”, y la otra le contestó: “¡Ay nanita, nooo!”
Que no le cuenten…
El enojo de un grupo de periodistas por el listado que presentó la Consejera Jurídica de la Presidencia, Luisa María Alcalde que, a decir de éstos, “remite a prácticas de regímenes totalitarios”, es entendible, pues son exhibidos, efectivamente, como un grupo que recurren constantemente a la mentira, y así lo es.
Lo que hizo María Luisa es exactamente lo que hace la revista del Consumidor. Alcalde presentó una lista de opinadores, sus características, cómo funcionan en redes y lo que provocan en el “ecosistema digital de amplificación artificial de tendencias”. La revista analiza diferentes productos; pueden ser electrónicos, muebles, alimentos. Los somete a exámenes de laboratorio y luego publica lo que encontró: sus características buenas o malas para la salud del consumidor, compara precios, pero también, exhibe si la marca miente sobre las “bondes” de su producto. El propósito de la revista es beneficiar al consumidor, que no le vayan a dar gato por liebre. Creo que el de la Consejera Jurídica es parecido, que, a las audiencias, a los lectores de medios no nos quieran contar un cuento.
*Periodista: @MarioA_Medina


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