Análisis, Kenia Inés Montalbán Hernández

Análisis | Lo que me trajo a la cárcel | Kenia Inés Montalván Hernández

Por Kenia Inés Montalván Hernández

A propósito del día Internacional de la No Violencia Contra la Mujer

Tenía 17 años y llevaba un mes debatiéndome sobre qué carrera escoger. Un día, literatura, otro, matemáticas, otro, contabilidad fiscal, otro, arqueología, otro, psicología, otro, filosofía y letras.

Mi padre, dentista, me sugirió odontología. Mi mentor de entonces decía que derecho y yo me rehusaba: no quiero ser una corrupta más del gobierno: “Precisamente por eso necesitas ser una abogada que no se deje corromper, que haga la diferencia en el sistema, que ayude”, me dijo.

Estaba alistando mi maletín para subir a Cruz Verde a enseñarle a leer y escribir a esa mujer e historias bíblicas y las tablas de multiplicar a sus cuatro hijos. “Ya me lo pensaré con más calma”, me decía en mis adentros mientras terminaba de hacerme la coleta. “Ahora, a disfrutar la tarde con esos niños y esa señora”.

Llegué jadeante a esa casa tan a la orilla de ese cerro tan alto de Xochistlahuaca, pero donde siempre pasaba horas placenteras compartiendo conocimiento con esas niñas y niños. Pero esta vez, es espectáculo no era placentero, no: doña Claudia[1] tenía el rostro con todos sus colores: morado, verde, rojo y las lágrimas que, por más que intentaba, no las podía detener.

Yo no podía creérmelo. ¡Pero si el señor, su esposo, que era tan amable, tan sonriente! Pero ahí estaban las marcas y esos niños llorando, diciendo que su padre la había golpeado y que no era la primera vez. 

Tardé una hora buscando el consuelo, las palabras acertadas, y no podía. No podía más que preguntarme: “¿y cómo ayudo a esta señora?, ¿adónde hay que presentar la denuncia?”.

Bajaba el cerro de regreso, con la brisa del viento levantándome el cabello. Ya no pensaba en las próximas casas que iría a visitar para enseñar, ni tampoco en esas nubes que se estaban formando en el cielo; ni en el placer que sentiría con las gotas de la próxima lluvia sobre mi cuerpo, ni cómo correría danzando bajo el aguacero con mi fiel mascota siguiéndome. Sólo pensaba en esa mujer y en sus golpes, en su llanto, en esos hijos creciendo en medio de la violencia.

¿Juzgado de Paz? Era lo más próximo a la justicia que yo conocía en mi municipio. ¿El ayuntamiento? ¿Dónde se presentaba la denuncia? ¿Me tenía que presentar yo o tenía que ser ella?… Y en ese momento lo decidí: tenía que estudiar derecho para aprender de leyes y de cómo hacer, buscar e impartir justicia. 

Y pasaron los años en una universidad jesuita donde aprendí también que existen organizaciones de la sociedad civil que de manera conjunta defienden los derechos humanos y que no hay que caminar sola en este camino de defensa. 

Y me gustó emprender ese camino, evaluando la transparencia de los municipios y denunciando la corrupción y la poca atención al derecho humano al acceso a la información. Vinieron luego las propuestas de trabajo: Auditoría General del Estado, Dirección de Transparencia en Acapulco, Asesora de Síndico Municipal en Ometepec.

Los casos de conflicto y de violencia que resolvíamos a diario me daban esa paz, felicidad y satisfacción, hasta que yo también me vi violentada y renuncié.

A lo largo de los años de ejercer el derecho y la búsqueda de justicia me di cuenta que tenía razón a los 17 años: el sistema es tan corrupto y la justicia tan ausente; los trámites para acceder a ella tan burocratizados, y conocí entonces la justicia comunitaria, tan rápida, eficiente, pronta y expedita, como lo señala la Constitución aunque, claro, había que compartir con la raza mucho de equidad de género, de debido proceso, de derechos humanos en general para no caer en vicios ni en violaciones entre nosotros mismos, por eso finalmente acepté ser Comisionada de Honor y Derechos Humanos en la Casa de Justicia de Cochoapa, comunidad de Mixitla.

Y ahí los casos como el de Mari[2], a quien habían vendido para matrimonio por 105 mil pesos y luego ella había sufrido violencia física, sexual y económica por su esposo y suegro, y luego, la pérdida de un hijo por los golpes en el embarazo, y ahora, que había decidido a alejarse para siempre de ese círculo, le retenían a su hijo para que ella volviera. 

Luego los compas presos de Cacahuanatepec, presos por defender su río, sus tierras, su autonomía como pueblos indígenas. Esa raza que me había enseñado que ante la ausencia de justicia lo único que vale es organizarse como pueblo y hacer visible cómo el sistema quiere despojarnos de lo poco que nos queda a los pueblos indígenas: nuestros recursos naturales, esos que son una joya para las transnacionales que con unos millones a los gobernantes en el poder los convencen, como Hernán Cortés a La Malinche para que hagan decretos que les entreguen nuestro oro actual: los recursos naturales, los ríos, los bosques. A luchar entonces por los compas.

Y luego vinieron las amenazas de muerte, y entonces el dolor de tener que partir de Guerrero cuando aún no habíamos creado el centro de derechos humanos en la Costa Chica que tanto anhelábamos, cuando ya habíamos platicado con los principales de varias comunidades de Cochoapa El Grande -municipio de Guerrero que ocupa el primer lugar en pobreza en América Latina- la posibilidad de embotellar el agua de sus manantiales y, con las ganancias, crear baños secos, caminos rurales sustentables, campañas de reforestación, escuelas públicas.

4:55 fue en esa pausa porque mi coraje me decía que no estaba aún ni están ahora, todavía, rotos.

Y luego, acá, en la Ciudad de México, conocer todos los días cientos de casos de violencia: artesanas desalojadas, vendedoras ambulantes agredidas, mujeres inocentes presas -cientos y miles de ellas, madres solteras-, y entonces, la organización: el Colectivo Libertario Zapata Vive, que se fue formando con la juventud, las mujeres, los campesinos, los pescadores, los estudiantes, las amas de casa de Ometepec, Barranca Honda, San José, Marquelia???, Copala, San Marcos, Cochoapan, Xochitlahuaca, Acapulco, Chilpancingo, Poza Verde, El Aguacate, Oaxaca, estado de México y Morelos.

Cuando hubiera alguien que nos pidiera ayuda porque era víctima de injusticia allí estábamos: ciudad de México, estado de México, Veracruz, Oaxaca, Chiapas, Michoacán, Querétaro, Guerrero, dando siempre nuestro incondicional apoyo a las familias de víctimas de feminicidio, a los campesinos no escuchados, a indígenas desplazados, a artesanas desalojadas, a estudiantes desaparecidos, a luchadores sociales asesinados, a periodistas amenazados, a mujeres inocentes apresadas, hasta que también a mí me apresaron.

Porque no soy sumisa, dijo el juez en la audiencia en la audiencia de vinculación a proceso. Y aunque el delito del que se me acusa -ataques a las vías de comunicación- amerita otra forma de solución que no sea la cárcel, y hemos ofrecido incluso el acuerdo reparatorio por lo que ellos dicen dejaron de percibir cuando protestábamos, tampoco aceptan. 

“Porque es demasiado inteligente y su discurso incita a la rebelión”, dijo la representante de la CAPUFE en la misma audiencia. “Además, protesta mucho y dirige a otros para protestar con ella”, reiteró el Juez. 

Y entonces aquí, en esta habitación de hospital penitenciario, me pregunto: ¿está mal protestar contra las injusticias?, ¿está mal decir abierta y públicamente que tenemos un México feminicida?, ¿está mal organizar a otras y otros que han sufrido violencia para que luchen por sus derechos?, ¿está mal dar paso libre en las carreteras como forma de protesta pacífica?, porque así hacíamos tres cosas: luchábamos por la libertad de tránsito, protestábamos por la libertad de nuestros compañeros presos y, de paso, evidenciábamos la desigualdad del sistema capitalista empresarial, pues, ahí está la respuesta que 6:50 nos dio el INAI: tan sólo en el 2019 las casetas de peaje reunieron 900 mil millones de pesos en un solo estado y, de eso, sólo el 1% llegó a las arcas del estado, lo demás a bolsillos privados y, ese 1% que llegó, no sabemos en qué se ejecutó. 

¿Y los niños debajo de los puentes?, ¿y las mujeres que hoy no tienen para comprar comida y alimentar a sus hijos?, ¿y los que están en un hospital muriendo porque no hay tubos, ni cama, ni computadora, ni neurocirujanos como me dijeron a mí cuando mi hermanita moría porque un hombre borracho estampó contra el carro donde ella viajaba? 

¿Cuántos muertos más? ¿Cuántas violentadas más? ¿Cuántos desaparecidos más, como Arnulfo Cerón Soriano? ¿Cuántos asesinados por defender la justicia, como Jhonatan Hernández Hernández? ¿Cuántas apresadas más? ¿Y hasta cuándo voy a dejar de escuchar: “si sigues ese camino lo más seguro es que te maten”? 

“Día de la No Violencia Contra la Mujer”, ¡qué ironía!: presa por haber decidido, a mis 17 años, luchar contra la violencia hacia la mujer, presa por haber decidido aprender cómo defender derechos humanos, presa por ser una indígena que decidió romper con el machismo, presa por no ser sumisa, presa por enseñar a otras a defenderse y organizarse, presa “por ser inteligente”, presa por mi discurso, presa por mis ideales, los mismos que no me dejan estar quieta aquí, en este Cefereso de Máxima Seguridad, en este hospital donde llevo 36 días en huelga de hambre consumiendo sólo agua, té y miel, por ahora. 

Aquí, donde he conocido a mujeres trans, como Maritza, que la tienen aislada por su condición sexual, y por eso no la dejan estar en población. Entonces nos manifestamos, pusimos pancartas frente a la cámara para hacer la visible la discriminación contra ella por su condición sexual, y contra mí por mis ideas políticas, razón por la que no me dejan salir al patio junto con otras hospitalizadas.

Y luego la represión: tres días sin una llamada telefónica, y luego la directora de seguridad diciéndome que ya está harta de mis derechos humanos, que ojalá me largue pronto de aquí. Sí, ojalá sea pronto. Yo también me quiero “largar” de aquí, para seguir luchando, por la paz y la justicia, por el medio ambiente, por la sustentabilidad, para pasar más tiempo con mis hijos y dejar la semilla de amor por la justicia y por la tierra. Por si me matan a los pocos días de salir para saber por lo menos que algún día se hará realidad mi sueño: un México sustentable, un sin injusticias, un México sin jueces corruptos, un México sin presas inocentes, un México sin presos políticos, sin campesinos marginados, sin jueces de consigna, sin indígenas desplazados, sin luchadores desaparecidos, sin periodistas asesinados, sin gobernantes entreguistas, sin feminicidios. Un México sin violencia contra la mujer. 

Kenia Inés Montalván Hernández

Coatlán del Río, Morelos, a 22 de noviembre del 2021

:::::: ::::::


[1] He cambiado algunos nombres en este relato por respeto a la privacidad de las víctimas.  

[2] Nombre ficticio

:::::: ::::::

Nota del editor

Kenia Inés Hernandez Montalván fue detenida por primera vez el 6 de junio de 2020 mientras se manifestaba pacíficamente en la caseta de peaje de Hortaliza-Valle de Bravo en el estado de México. En ese entonces, fue acusada de «robo agravado» y trasladada a la prisión de Chiconautla, Ecatepec en el estado de México, hasta ser liberada de manera condicional.

El 18 de octubre de 2020, Kenia Inés Hernández Montalván fue detenida por segunda vez en la caseta de Amozoc, Puebla, por cerca de 22 elementos policíacos y escoltada por 20 patrullas a una estación de Policia.

Hoy, Sociedad Noticias publica de manera íntegra su carta que escribió desde el Centro Federal de Readaptación Social (Cefereso) número 16 en Morelos, donde se encuentra privada de su libertad junto con otras 800 mujeres.